La paradoja del emprendimiento – Lázaro Echegaray

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La paradoja del emprendimiento

 

La cultura laboral ha cambiado con respecto a la forma de plantear el empleo y de seleccionar aquellas oportunidades que conducen a la inserción laboral. El emprendimiento surge como uno de esos nuevos planteamientos y se coloca en lo que podría ser la parrilla de salida de una sociedad que busca la inclusión laboral y el desarrollo personal y social. Sin embargo, una vez analizada en profundidad su circunstancia, éste no parece tener el reconocimiento social que  sí encuentra en otros países. Hace años, cuando este país era de otra forma, el emprendedor era aquel que emprendía porque no le quedaba más remedio, aquel que veía el emprendimiento como una forma de supervivencia y una solución a la imposibilidad de acceso a una empresa de aquellas que prometían ‘un puesto para toda la vida’. Hoy, según dicen los expertos, muy pocos trabajadores desarrollarán toda su vida laboral en una misma organización. Encontrar un trabajo de esas características es casi misión imposible y la mayoría de nosotros sabemos que no nos jubilaremos en la misma empresa en la que estamos trabajando ahora mismo. Esto genera incertidumbre. Pero la incertidumbre hoy en día es una constante en casi todas las facetas de la vida, no solo en la laboral. De hecho es una incertidumbre el saber qué habrá al final del camino laboral ¿Será posible el sueño dorado de la jubilación, aunque sea a edad avanzada?

 

En una sociedad en la que las grandes promesas liberales y los grande relatos han fracasado, donde hay una generación que no sabe con seguridad qué les deparará el futuro, donde el trabajo es un bien escaso, donde el dinero de la hucha de las pensiones se escapa por ranuras que nosotros no controlamos, los gobiernos se centran, como solución, en la idea de impulsar el autoempleo. No en balde el emprendimiento se considera la que debe ser columna capital en materia de empleo y desarrollo. Pero sucede que eso que hemos llamado emprendimiento, a lo que antes denominábamos autoempleo, es algo que no se observa positivamente en determinadas culturas. España no es un país como Estados Unidos donde la cultura del self made self se impone sobre cualquier otro logro, un país que se ha construido en base a ello. Y quizás sea ésta una de las grandes paradojas con las que se enfrenta una sociedad que pretende iniciar el camino del emprendimiento: no habiéndolo tenido entre sus usos culturales, los patrones y modelos a imitar no son seres cercanos sino personas que han hecho sus imperios en aquellos países en donde sí se ha entendido, y promocionado, la importancia de la iniciativa. Los espejos en los que se miran los emprendedores españoles pocas veces devuelven la imagen de un vecino. Comúnmente dibujan la de grandes multimillonarios, dueños de ideas magníficas que les han llevado a crear imperios de la nada. Modelos difíciles tanto para la emulación como para su conversión en realidad. Reflejarse en esos ídolos, mitos, súper héroes del dólar, perfila la idea de lo inalcanzable e, irremediablemente, perfila también la visión fatídica del fracaso en el intento.

 

El fracaso no encuentra lugar en una cultura como la española. El estigma social que éste lleva consigo lo hace rechazable, repudiable. Sin embargo, mirándolo desde una óptica positiva, y aunque por cuestiones culturales a nadie nos guste, fracasar, ya en los negocios, ya en

 

cualquier otro campo de la vida, no solo no es grave sino que es natural. Pongamos por ejemplo el caso de Japón: allí el fracaso siempre es visto como una oportunidad ya que ofrece mimbres a la reflexión, al análisis y la posibilidad de encontrar tus debilidades para así fortalecerlas. Pero España no es Japón, ni Estados Unidos. En este país en el que vecindamos andamos siempre buscando alfombras con las que tapar nuestros errores. Esto lo saben los y las profesionales que se dedican a incentivar el emprendimiento. Lo saben también aquellas personas que se aventuran en ese campo. De ahí la intención de instaurar la idea del curriculum fracasional, ideada en unión tanto por técnicos propulsores del emprendimientos como por los propios emprendedores. Un currículum de estas características indica un bagaje, una experiencia, una capacidad de emprender con mejor o peor resultado. Surge de la idea de que las cosas, buenas o malas, solo les suceden a aquellos que las intentan, y el intento, con o sin fracaso, es de por sí una experiencia. Como suele decirse por ahí, ‘al que anda es al que le pasa’.

 

No obstante, por mucho que nos empeñemos en eliminar el estigma del fracaso, esto no va a ser una tarea fácil y la instauración del denominado curriculum fracasional no se logrará de la noche a la mañana, ni del otoño al verano. Ello a pesar de que mostrar una buena relación de fracasos en el intento de implantar algo importante no es sino síntoma de iniciativa y mentalidad inquieta.

 

Sin embargo, aunque se encontrara la solución a esta proyección negativa, el problema que encontramos con el emprendimiento no es simplemente la falta de modelos o el miedo al fracaso. El tema va más allá y como decíamos antes, en España no existe una imagen positiva del emprendedor. El reconocimiento tradicional y popular se centra en aquellas personas que terminado el instituto inician una carrera universitaria que les llevará a un puesto de trabajo  de calidad (¿aún existe esto?) en el que podrán crecer y desarrollarse. De hecho, el término que precedía al del emprendimiento era el de autoempleo que venía a percibirse como lo que les correspondía a aquellas personas que no lograban encajar en el sistema laboral: crear, un poco a la desesperada, su propio puesto de trabajo. Como digo, esto no era la realidad, simplemente la percepción social ¿Pero dónde empieza una y termina otra?

 

El emprendimiento, quizás por esa tasa cultural de la que hablábamos, se ve como una salida para quien no encuentra otra opción. El imaginario social no tiene una imagen positiva de la gente que emprende. De hecho, ni siquiera se observa como una carrera. Y todo esto sucede en un país donde vivimos convencidos de que son los autónomos quiénes más tiran del carro de la economía. Necesitamos un nuevo pacto cultural, una nueva visión, algo que nos ayude a percibir al emprendedor como un héroe social, alguien que contando simplemente con el valor de sus ideas, con su capacidad para creer en sí mismo, y en la sociedad en la que pretende operar, se lanza casi sin paracaídas al intento. Conviene ayudarle, y esto ya lo saben las instituciones. Conviene también hacerle visible, más social, más mediático, generar conciencia de su presencia y de los complicado de su carrera. Valorarle socialmente, en definitiva.

 

Dr. Lázaro Echegaray Eizaguirre
Pr. de Investigación Social y de Mercado 
Coordinador de Investigación en Cámarabilbao University Business School